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March 21, 2018

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Capítulo 1: ¡PLAF!

March 21, 2018

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Capítulo 5: Lorena Briceño

 

 

 

Día de playa en Villa Marina. Mi nueva amiga. RAMCODES. Inconformidad con el densímetro nuclear. Dos valiosas lecciones de vida. Un enemigo peligroso.

 

El camino a Villa Marina, una de las más hermosas playas del oeste de la Península de Paraguaná, es fascinante y lleno de contrastes. Una vez que dejas atrás el centro más poblado, te recibe un desierto que, en una temprana mañana de sábado, te sabe a aire fresco que te pega rabioso en la cara mientras conduces un Jeep descapotable, y al voltear la cara al puesto del copiloto no puedes evitar sonreír al darte cuenta que la persona que lo ocupa también te estaba viendo y se ríe contigo. Y digo que es de contrastes porque al pasar la entrada de Los Taques, el desierto se te olvida con la aparición de un hermoso e infinito mar azul, destellante y dispuesto a recibirte con sus brazos abiertos. Aún sin recuperarte de tu asombro sientes el rugir silencioso de las aspas de un parque eólico que, como una gigante arboleda artificial, suma la tecnología al paisaje en una armonía surrealista.

 

Lorena, que pasó por mí bien temprano el domingo en su Jeep descapotable, lucía hermosa con su atuendo playero de sandalias, shorts blancos, que demuestran unas piernas firmes y labradas por el deporte, una blusa de flores con corte por debajo de sus hombros, un simpático sombrero y de remate unos lentes oscuros que hacen resaltar aún más su sonrisa perfecta, blanca, de muchos dientes. La noche del sábado, mientras “wasapeábamos”, sacó el tema de la playa y no tardé un nanosegundo en proponerle pasar un sabroso día de playa en la tranquila bahía de Villa Marina. Estaba dispuesto a conseguir un carro, pues no me dejan sacar la pickup del trabajo, pero ella ofreció que fuéramos en el suyo. 

 

Decidimos pagar un día en un conocido resort de Villa Marina para disfrutar la comodidad de sus instalaciones mientras platicábamos de tantas cosas que dejábamos pendientes en nuestros cortos encuentros en la piscina. Como llegamos temprano, escogimos una sombrilla con una excelente ubicación y, tras pedir un par de bebidas refrescantes al camarero, nos sentamos a conversar. Lorena tiene una personalidad encantadora, es divertida, pícara y perspicaz. Su agilidad mental hace que todo el tiempo tenga yo que estar atento para leer entre líneas sus afirmaciones y descubrir mensajes ocultos. Sus chistes y ocurrencias pronto rompieron el hielo y nos dejaron en una posición mucho más relajada para hablar hacernos confidencias que nuestra incipiente amistad ya necesitaba recibir.

 

Lorena Briceño es licenciada en educación con mención en idiomas. Aunque nació y se crió en Mérida, estudió la preparatoria y toda su carrera universitaria en Caracas, y a eso debo el deleitarme con su acento que tiene una idílica combinación entre merideño y caraqueño. Por el día da clases en un reconocido colegio privado de la Comunidad Cardón, y por las tardes y noches entrena a un equipo colegial de natación y a adultos. En su mejor época fue espaldista y ganó dos veces la medalla de plata en 200 metros para Venezuela en los Juegos Suramericanos. «¿Qué hace una mujer así viviendo aquí en medio del desierto?», me pregunté. Mi respuesta no tardaba en venir.

 

Una profunda decepción amorosa la hizo refugiarse aquí, y ya tiene más de un año sintiéndose segura en este desierto, con una paz que, según me explica, necesitaba para poder sanar. «Típicamente les echo un parao a cualquier pretendiente, pero tú te me haces una persona de confianza y yo necesito tu amistad. No necesito complicarme», me confesó.

 

Mi propio caso no es tan diferente. En el amor, las cosas hasta ahora no han ido bien. Aunque no he sufrido una decepción muy fuerte, estoy completamente dedicado a mi trabajo, y más ahora que el número de retos crece sin parar, y tampoco quiero complicarme con una relación amorosa. Creo profundamente en la amistad, y pienso que es uno de los regalos más hermosos de la vida. Dejando aparte su hermosura, Lorena se me hace una persona muy valiosa, y con unos interesantes valores que poco a poco voy descubriendo, estoy convencido de que cultivar su amistad es algo que me traerá mucha felicidad en el corto y mediano plazo.

 

Luego de almorzar y descansar Lorena me invitó a que rentáramos una moto de agua para pasear por la bahía. Me pareció una actividad arriesgada, sobre todo porque nunca me había subido en una, y mucho menos manejarla, pero no era la hora de los pusilánimes. Yo no lo llamaría el machismo, sino que la caballerosidad me llevó a invitarla de pasajera. La moto de agua no tiene mayor ciencia; solo hay que apretar el acelerador y conducir.

 

—«¿Qué tal vas?», le pregunté curioso cuando estábamos lejos de la bahía y creyendo ya que lo estaba haciendo de lo mejor, que era un paseo estupendo.

 

—«Bien», me respondió con un dejo de desgano. «¿Puedes dejar que yo conduzca?».

 

Eso me contrarió un poco, lo confieso, pero me regresé de inmediato a la orilla para cambiar de lugar y complacerla.

 

—«¡Agárrate fuerte, Charlie!», gritó mientras apretaba el acelerador hasta el fondo.

 

Las pulsaciones de mi corazón subieron exponencialmente y mis ojos se abrieron como dos lunas. Me abracé a su reducida cintura como quien se abraza a la vida. Me sentí viajando en una frágil avioneta en medio de una densa turbulencia. Los descansos de la velocidad eran para hacer piruetas, giros, y hasta una zambullida que me recordó un sueño de niño en el que viajo por el mar agarrado de la aleta de un delfín. Cuando volvimos a la orilla escuchamos los aplausos de un corillo de bañistas que se habían emocionado con las habilidades de Lorena en la moto de agua.

 

El día terminó con una sabrosa conversación a la orilla de la playa mientras contemplábamos la negra silueta de un catamarán dibujado en el sol que se sumergía en el horizonte del mar como un gigante plato anaranjado. En el camino de regreso, Lorena se mofaba cada 10 minutos de la forma como conduje la moto de agua con la onomatopeya de una desvencijada locomotora. «Tu, tu, tut...». Reímos sin parar.

 

 

 

El domingo en la noche envié este correo electrónico a Guerrero:

 

Guerrero,

 

RAMCODES es una tecnología para diseñar y analizar geomateriales compactados. Tiene soluciones para suelos compactados, mezclas de concreto, y mezclas asfálticas. En el campo de los suelos compactados, el diseño de estos materiales se realiza estableciendo un grado de compactación mínimo que garantice que el suelo va a tener la resistencia requerida por el proyecto, bajos sus condiciones de hidratación y sobrecarga. Este grado mínimo de compactación no siempre es 95% del Proctor, podría ser más, para suelos de menor calidad, o podría ser menos, para suelos de alta calidad. Pero el 95% del Proctor a priori no solo es un mito, sino que no garantiza la seguridad del proyecto o se podría convertir en un gasto innecesario de tiempo y dinero. En el caso de suelos de alta calidad o de requerimientos bajos de resistencia, se han documentado ahorros de tiempo-máquina a razón de 17% por pase de maquinaria. A pesar de que esta tecnología ha sido utilizada mayormente fuera de Venezuela, existe una norma venezolana, la Fondonorma NTF 2000-1:2009, que avala el uso de esta tecnología como alternativa al criterio del 95% del Proctor. Para realizar los diseños de suelo, RAMCODES utiliza un software llamado SoilDesigner.

 

Adjunto archivos electrónicos en formato PDF de varios artículos en revistas especializadas y congresos internacionales, y enlaces de blogs que soportan este resumen.

 

Espero que esta información haya sido de ayuda. Quedo atento a cualquier otro requerimiento.

 

Ing. Carlos López

 

 

Pensé que sería un lunes tranquilo pues las dificultades con B&S han ido pasando mientras nuestros procesos en oficina y campo han comenzado a mejorar. Hoy era un día para dedicarlo a revisar nuestros procedimientos para el ensayo Proctor y compararlos con la norma ASTM, pero nuestra secretaria me da una mala noticia.

 

—«Carlos, no aparece el certificado de calibración de tu densímetro nuclear».

 

—«¡¿CÓMO?!», pegué el grito al cielo. «Mr. Carlson me va a colgar del mástil de su bandera tejana», respondí comenzando a sentir el asfixiante bombeo del susto desde mis vísceras hasta la cabeza. 

 

Tras buscarlo desesperadamente por todos los archivos de la oficina decidí llamar personalmente al proveedor para entenderme con él. Ante mi voz alarmada, la secretaria de mi proveedor me pasa directamente con el Gerente, quien con voz sosegada y tras verificar en sus registros de calibración a mi equipo, me informa que el densímetro nuclear que uso jamás ha vuelto a ser calibrado desde su compra hace año y medio, y que en el pasado hemos desoído su aviso de servicio.

 

—«Pero Sr. Anchico, entienda que esta es una situación muy difícil para mi empresa. ¿No habrá alguna manera de que Ud. me envíe un certificado de calibración ahorita para yo salir de este apuro y luego le envío el densímetro para que le hagan el servicio?», le dije tratando de negociar en medio de mi desesperación. Un silencio que me pareció muy largo del otro lado del auricular me avisó que había cometido un error muy grave.

 

—«Hijo, te digo así porque me parece que eres muy joven y percibo que no tienes mala intención», me respondió el Sr. Anchico en tono paternal. «Eso que me pides es imposible, va en contra de mis principios personales y los de mi empresa. No hemos llegado a ser quienes somos por accidente, sino por un diario cumplir de nuestros valores. Si me quieres tomar un buen consejo, afronta tu problema, da la cara. Tal vez pases un momento muy amargo, pero será solo ese momento y no el resto de tu vida», finalizó en tono grave.

 

Colgué el teléfono con la sensación de haber perdido toda la sangre de mi cara. Esteves, mi jefe, acababa de llegar de la calle y le comunico el grave problema en que estamos. No pude contener mis emociones y le reclamé esta falla tan seria.

 

—«¡Ud. no da la cara a los clientes, la doy yo!», le dije en tono fuerte y bastante alzado para un empleado de mucho menor rango. «¿Cómo es posible que hayamos llegado a esta situación?», le volví a reclamar.

 

Sin darme cuenta, había subido tanto la voz que varios empleados ya se habían asomado alarmados al pasillo donde discutía con Esteves, quien parece no había pasado un buen momento fuera de la oficina y aprovechó mi reclamo para de descargarse conmigo.

 

—«Mire, López, primero y principal yo soy su Jefe, así que me va bajando el tonito ese gritao que no se lo aguanto a nadie», me dijo en tono amenazador. «Ese densímetro es su responsabilidad», me dijo acentuando con fuerza la palabra «su», y agregó: «Así que si hay un problema con su calibración es usted quien debe resolverla», me espetó dándose media vuelta y procediendo hasta su oficina. No había dado tres pasos cuando se regresó acercándose peligrosamente a mi espacio íntimo para decirme en la cara con voz grave y baja, entre dientes, y con aliento a tabaco de mala calidad: «Y que sea la última vez que me gritas», esto último lo hizo poniendo su antebrazo en mi pecho y dándome un leve empujón.

 

No solo estaba metido en un problema con Mr. Carlson, sino que me acababa de granjear a un poderoso enemigo dentro de mi propia empresa. Me salí de la oficina a caminar por un boulevard que está cerca. Necesitaba aire fresco y un tiempo para pensar. Papayoda, mi amigo y guía espiritual, me recomienda siempre hacer esto llegada una situación tan difícil. No es bueno actuar desde el enojo y la frustración pues el error es seguro. Pasados unos minutos de reflexión decidí enfrentar el problema; me di cuenta que Esteves me acababa de poner en una situación de mucha ventaja, me llevó al extremo, es decir, me di cuenta que la situación ya no podía ser peor, lo que me quitó buena parte del miedo que me estaba paralizando. Llamé a la oficina de Mr. Carlson para que por favor me atendiera de inmediato. 

 

—«Charlie, what’s the matter?», me preguntó con su acostumbrada sonrisa, y agregó: «Estás pálido, ven y cuéntame qué te pasa».

 

—«Mr. Carlson, tengo un problema muy grande con el servicio que le estoy prestando y me siento muy apenado. Por favor escúcheme con atención».

 

Le relaté todo el problema esperando su comprensión aunque ya estaba preparado para escuchar mi segundo regaño del día. Carlson me miró con condescendencia y me invitó a caminar por un pasillo de pedestales de cimentaciones cuyos encofrados habían sido recientemente removidos.

 

—«En los trabajos de QA/QC, Charlie, lo que más se agradece es la sinceridad. Siempre hay una solución para todo, pero la mentira complica innecesariamente las cosas. Te voy a decir lo que vamos a hacer, vamos a registrar esta inconformidad y luego te voy a enseñar un procedimiento que vamos a emplear para resolverla. Estoy seguro de que te va a parecer muy interesante y te resolverá problemas similares en el futuro. Ahora cálmate y acompáñame a mi tráiler. ¿Trajiste tu densímetro?».

 

Casi que corrí hasta mi pickup para bajar mi densímetro. Al volver ya Carlson había salido de su tráiler y me esperaba en el campo haciéndome una indicación con la mano de que lo acompañara hasta un pequeño terraplén que había sido compactado recientemente.

 

—«Charlie, este backfill es un área terminada que ya llegó al nivel de fundación y no vamos a utilizar sino hasta dentro de un mes. Vamos a hacer cinco registros de densidad seca con tu densímetro nuclear en una ubicación aleatoria, y luego vamos a volver a hacerlos más adelante cuando tu densímetro haya vuelto del servicio para compararlos estadísticamente. Si hay diferencia estadística entonces usaremos esa diferencia para corregir las mediciones que hemos hecho antes, pero sino hay diferencia entonces las mantendremos».

 

No me fue difícil entender lo que Carlson quería hacer, pero me surgió una duda que me preocupó como una daga en el costado.

 

—«¿Y qué pasa si hay corrección y con esa corrección quedamos por debajo del 95% del Proctor?», pregunté.

 

—«Charlie, cuando lleguemos a ese puente lo cruzaremos», me respondió Carlson sin perder su tono calmado.

 

—«¿Por qué no registramos las lecturas de la humedad también?», agregué pensando en que ya estaba haciendo muchas preguntas.

 

—«No tendría sentido, Charlie, la humedad de hoy va a cambiar notablemente con respecto al momento cuando tu equipo vuelva del servicio; en cambio, si nadie toca este backfill la densidad seca permanecerá intacta». Y agregó, «de todas maneras la humedad no me sirve de mucho para hacer cumplir la especificación constructiva, sino garantizar el 95% del Proctor», remató.

 

Me causó curiosidad la forma como Carlson establecía aleatoriamente los puntos para medir. Medimos a pasos el ancho y largo del terraplén, y luego establecía las coordenadas de cada punto de medición sobre el terraplén multiplicando en su calculadora la función #RAN(), que devuelve un número aleatorio entre 0 y 1, por el número de pasos del ancho, para la distancia en x, y del largo, para la distancia en y, respectivamente, redondeando al entero más próximo. Mientras hacía las mediciones aproveché para preguntarle por qué tenía que ser aleatorio.

 

—«Muy fácil, Charlie, para garantizar que lo que medimos no dependió ni de ti, ni de mí, sino que cada centímetro cúbico del terraplén tuvo la misma oportunidad de ser medido».

 

—«¿Y si no tengo densímetro cómo vamos a hacer las mediciones de mañana?», le pregunté.

 

—«Imagino que tienes sand-cone, ¿verdad?», me preguntó.

 

Luego de terminar y hacerme firmar una planilla con la inconformidad redactada en su mejor inglés, nos despedimos. Mis hombros se sintieron relevados de una pesada carga.

 

Llegando a mi oficina activo mi celular y aparece un email de Guerrero.

 

López,

 

Recibí la información, gracias. Necesito que me acompañes mañana a las 7:30 am a una nueva reunión sobre el tema del relleno en la Desalinizadora. El consultor de GMG va a presentarnos la tecnología RAMCODES.

 

VG.

 

Ya en la oficina, apenas logro sentarme en la computadora, le escribo un correo electrónico al Sr. Anchico para agradecerle su consejo y para que me indique el procedimiento, costo y duración del servicio de calibración de mi densímetro.

 

Una vez terminado esto le informo a Esteves que ya había logrado resolver el problema y que recomendaba enviar el otro densímetro de la compañía también a calibración. Esteves me hizo un ademán desganado y antes de que pudiera salir yo por la puerta de su oficina me preguntó:

 

—«López, no vi en mi oficina el viernes tu reporte semanal, ¿qué pasó?».

 

Lo había olvidado por completo. Ahora más que nunca siento que necesito un asistente o me voy a volver loco.

 

—«Disculpe, lo voy a terminar y se lo envío por correo», respondí.

 

Ya el trato con voz golpeada y a ritmo de «usted» demostró que mi relación con Esteves no estaba viviendo su momento estelar precisamente.

 

 

 

@saintloyal

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lee el Capítulo 6 "La pirámide de diseño" aquí

 

Lee el Capítulo 4 "La desalinizadora" aquí

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