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March 21, 2018

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Capítulo 1: ¡PLAF!

March 21, 2018

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Capítulo 1: ¡PLAF!

 

 

—¡Este es el camión! ¡Aguántalo que de aquí voy a tomar para los cilindros! ¡Trae la carretilla!

 

Este es mi día a día en la obra. Muestrear camiones de concreto premezclado, hacer ensayos de asentamiento, fabricar cilindros en obra, para después transportarlos al laboratorio, tomar densidades y humedades con un densímetro nuclear en los rellenos de tierra, rogando que los locos de los operadores no me pasen una máquina por encima, encaramarme en los camiones para tomar temperatura de la mezcla asfáltica, y recibir las papeletas de entrega como si yo fuera «chequeador», y al final del día regresar a la oficina a pasar todo en limpio para archivar  y preparar los informes. No me pagan mucho, pero aprendo cada día y eso me mantiene muy entusiasmado.

 

 

—¡Dale, poco a poco!, le grito al chofer del trompo de concreto para que descargue cuidadosamente un bache en mi carretilla y… ¡plaf!... que me ensucia toda la camisa…otra vez. En seguida todos los presentes sueltan la carcajada, mientras yo trato de limpiarme lo más que pueda.

 

 

 

Me gradué de ingeniero civil hace un par de meses y tengo un mes trabajando aquí como laboratorista de control de calidad, pero esta gente no se cansa de hacerme «bautizos» a cada rato. ¿Quién me manda a graduarme de 20 años? Además, esta delgadez y esta cara de chamo que no me ayudan. Debí haberme ido un año a estudiar inglés en Atlanta, como me aconsejaron, o haberme ido de mochilero a Europa para conocer el mundo.

 

Estaba sumido en mis pensamientos mientras le daba los golpes con la barra a la mezcla dentro de los moldes para elaborar los cilindros de concreto—que por estas tierras los llamamos «conchas»—cuando siento detrás de mí una voz gruesa que me reclama.

 

—¡Joven! No está dando 25 golpes a cada capa.

 

Me detengo y me vuelvo para dar la cara a quien me interrumpe. Se trata de un hombre de estatura mediana, en sus cincuenta años. Por lo que me deja ver su impecable indumentaria de seguridad, es de tez morena y talante adusto. Su carné tenía el escandaloso color naranja de la compañía de mi cliente. Me di cuenta de que, por estar distraído, muy probablemente no estuve dando los golpes que había que darles, pero no estaba dispuesto a aceptar mi equivocación. Intenté un recurso de defensa, pero fui interrumpido por una avalancha de reclamos antes de poder articular siquiera una frase.

 

—Le he estado supervisando. No tomó el bache de muestra de los tres tercios del camión, sino solo del primero. Su gabinete de transporte de cilindros no tiene aserrín. ¿No se da cuenta que los puede fracturar internamente? Además, no usa Ud. un nivel para asegurar la horizontalidad de la base en el ensayo con Cono de Abrams. ¡Cuánta varianza le induce Ud. a los resultados!

 

 Para ese momento ya teníamos alrededor un buen número de obreros que curiosos no querían perderse el más mínimo detalle de la incipiente discusión. Si bien esta gente no me respetaba por mi juventud, yo sentía que al menos tenían alguna reserva por lo que hubiera podido yo haber aprendido en la universidad, y mi ego me decía que era el momento de defender esa mínima reserva a toda costa, si quería permanecer «con vida» en esa obra.  

 

—Creo que se equivoca, joven… Me dice Guerrero, Vicente Guerrero, ingeniero civil y gerente de QA/QC de esta obra. Me lo dijo marcando cada palabra con sobrada autoridad, casi sin dejar ver su dentadura, y en un impecable español con acento mexicano.

 

 

—Ing. Guerrero, al contrario, creo que es Ud. quien se equivoca—le respondí. El procedimiento según el cual fui entrenado no hace referencia a esos detalles—dije con la verdad—, y el número de golpes que estoy aplicando es el correcto—aquí sí mentí.

 

Los obreros estaban haciendo la delicia. Lo que estaba sucediendo iba a dar comida para el cotilleo por varias semanas. 

 

Guerrero se acercó a mí, atravesando peligrosamente mi espacio privado, tomó con su mano derecha mi carné, sin pedir permiso y sin ningún escrúpulo, hasta poder leerlo.

 

—López, Carlos, Laboratorista, dijo en voz alta. 

 

Y, luego de una breve pausa que pareció eterna, agregó:

 

—Ud. trabaja para mí. Tengo derecho de preguntarle cuál es ese procedimiento por el que fue entrenado.

 

Empecé a sudar frío. Realmente el entrenamiento que recibí fue una tarde que uno de los laboratoristas de mi empresa me explicó cómo hacer los ensayos, y eso es lo que repetía de memoria. Pero presentía que Guerrero me estaba preguntando por algún procedimiento estándar. Sin saber de dónde me salieron esas palabras le dije en tono fuerte pero no convencido:

 

—ASTM, el procedimiento por el que fui entrenado es ASTM.

 

—¡¿ASTM?1, preguntó como si no creyera lo que le estaba diciendo. ¿Qué número? ¿Qué año de actualización?

 

Me sentí desnudo. Mi cara debió haber sido un poema.

 

—Aaahorita no lo recuerdo, pero puedo ir a la oficina, buscar el documento y comprobarle lo que digo.

 

—Bien, López, vaya a su oficina y nos vemos en este mismo sitio en una hora.

 

 

 

 

Mientras manejaba de regreso a mi oficina pensaba con la angustia de quien ha cometido un pecado que clama al Cielo. 

 

—En qué lío me he metido. Yo y  mi bocota. ¿De dónde salió este sabelotodo?

 

Llegué a la oficina con cara de haber perdido un ser querido, pero con la esperanza de encontrar algún argumento para defenderme de Guerrero. Solo pensaba en el gesto morboso de los obreros esperando mi error para engullir lo que quedaba de mi reputación en un solo intento. 

 

Le comenté a mi jefe lo sucedido y se dio cuenta del problema; en parte lo que me pasaba también era su responsabilidad y, de confirmarse, también su error por no haberme entrenado adecuadamente. De la pequeña biblioteca de la oficina, me consiguió un par de gruesos y empolvados ejemplares de las normas ASTM para suelos y concreto, respectivamente, pero desactualizadas hace 10 años. Bueno, esto no debe haber cambiado mucho, pensé rápido tratando de tranquilizarme.

 

Hojeé el libro de lado a lado con desesperación tratando de encontrar  algún estándar que se le pareciera a tomar muestras para cilindros. Agradecí a todos los santos haber aprendido inglés con cierto dominio. Finalmente encontré lo que buscaba: «ASTM C 172: Standard Practice for Sampling Freshly Mixed Concrete».

 

Mientras leía el estándar mi esperanza se esfumaba como agua entre los dedos, se fugaba el color de mis mejillas. Me daba cuenta de que el procedimiento tenía no solo los detalles que me pedía Guerrero, sino muchos otros más y que yo desconocía. ¡Plaf! Volvió ese sonido a mis oídos, pero en vez de en mi pecho, esta vez me estalló en la cara. Y hablando de cara…

 

—¿Con qué cara me le voy a presentar a Guerrero?, pensé. ¿Con qué cara me le voy a presentar a los obreros? Pensé mientras se me helaba la sangre.

 

 

 

 

Por @saintloyal

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lee el capítulo Nº2 aquí: Un discípulo y un maestro.

 

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